Los primeros viñedos llegaron a Australia poco después de los primeros asentamientos británicos, pero no fue hasta la gran fiebre del oro del siglo XIX que verdaderamente se estimuló a la industria. Los astutos enólogos situaron los viñedos cerca de las minas de oro, con la idea de satisfacer la sed de los mineros. Para finales del siglo, algunos de sus productos eran tan buenos como para ganar premios, incluso en la lejana París.

Los vinos australianos eran desconocidos en el extranjero hasta hace unos veinticinco años, pero ahora son apreciados en todo el mundo por su irreprochable calidad.  

Apasionados de la experimentación, los australianos han aprendido a elaborar vinos magníficos a partir de variedades nobles europeas. Pero el trabajo logrado con la variedad syrah (shiraz) -cepa originaria del Ródano francés- es el que le ha valido los más grandes reconocimientos.